Nada soy, a ti me humillo

Nada soy, a ti me humillo,
Señor; y pues que me ves
A tus plantas, bondadoso,
Alienta mi pequeñez.
No quiero para mis pasos
Más antorcha que la fe;
Ella me alumbra el camino
En donde coloco el pie.

Guárdame, tres veces Santo,
Del mal, de la iniquidad;
Haz que tu nombre venere
Buscando la santidad.
No dejes que el enemigo
Penetre en mi corazón
Con sus pérfidas promesas,
Que no son sino ilusión.

Yo sé que te compadeces
Del prolongado gemir
De aquel que alejado vive,
Y a ti desea venir.
Haz, pues, que logre el deseo
Que abrigo en mi corazón,
De vivir contigo unido
En perfecta comunión.
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